Una de las “injusticias” del deporte: los procesos de clasificación

No publico esta columna en un medio porque tendría que someterme a la regla de los caracteres. Necesito espacio para escribir lo que mi corazón desea contar. Escribo desde la experiencia de los escenarios donde el sudor, el dolor y los sacrificios —familiares y propios— fueron el precio de representar a la Patria.

Me voy a expresar; no tengo que pedir permiso porque no tengo por qué invisibilizarme.

Para todo el que ha pasado por procesos de clasificación para hacer un equipo, sea nacional o del club privado, los criterios de evaluación tienen que ser claros y precisos. Es el proceso que con mayor transparencia, estructura y validación honesta debe formularse entre todos los que componen un organismo deportivo. 

Escojo la escritura, no un video, para exponer lo que con letras puedo explicar, ya que la escritura fue una herramienta en la práctica deportiva que me ayudó a sanar “injusticias”, entender procesos y estructurar mi carrera. Además, quiero que quede en récord. 

Poner la palabra injusticia entre comillas es un ejercicio para determinar que lo que es justo para ti puede ser injusto para otra persona. 

El deporte de competencia está lleno de injusticias. Vemos los deportes de apreciación que dependen de la evaluación de un árbitro para otorgar una victoria, pero también existen las disciplinas que son por marca, donde la injusticia no tiene espacio: es hacer la marca y punto. 

Pero ¿cuándo una clasificación se vuelve injusta? Cuando los criterios no son discutidos en un plenario con el que se verá afectado: el atleta. Y cuando el sistema del deporte pone condiciones de cumplimiento que ponen en desventaja al deportista por no tener los recursos monetarios, estructurales o de instalaciones. 

En el deporte de alta competición, como es el que surge del movimiento olímpico, existe un documento que es sagrado, la Carta Olímpica, que está inspirada, creada y publicada por y para los atletas. Son pautas pensadas en el “bienestar” de la “razón de ser” del olimpismo. Este modelo es copiado en toda organización deportiva donde quieren que brillen la democracia, la transparencia en los procesos y el balance justo para todas las partes. Es un documento al que la universalidad deportiva le da validez. 

¿Qué ocurre si existe, como dicen los abogados en los contratos, una fuerza mayor y no está en el protocolo o no se reglamenta el manejo de esa fuerza mayor para el cumplimiento de los criterios de clasificación? La lógica indica que, ante ese vacío, alguien sin intereses en el proceso —solo interesado en la transparencia— debe convocar a todas las partes, debatir puntos a favor y en contra, y llegar a una decisión democrática que todos acepten. Así se minimiza el impacto de las críticas, porque, a la larga, la opinión pública mal manejada hace más daño que una decisión a puerta cerrada.

Es por eso por lo que los atletas deben tener recursos de apelación que no sean creados y controlados por la misma entidad que los estructura. Si es un tribunal de apelación, debe ser elegido el juez o los jueces de una manera transparente para que todas las partes sean atendidas sin prejuicios. El delegado escogido para representar al atleta —como gremio— debe cuidar, proteger y establecer una relación donde el deportista se sienta con la confianza de contar con un apoyo en el proceso en todas sus etapas. 

En dos décadas dedicadas al desarrollo, a la especialización y a la cúspide del alto rendimiento, tuve que vivir con los sistemas de clasificación. Le diré mi conclusión y luego explicaré por qué llegué a ella. 

La única manera de clasificar en un deporte es ganar y romper el barómetro de los sistemas de clasificación, para que la duda —como el diablo, que siempre busca espacio para meterse— no tenga cabida, y se valide sin peros ni explicaciones vanas lo que por derecho te ganaste.

Vengo de un deporte de combate donde mi arma, el florete, depende de la apreciación de un árbitro cuando ambas luces prenden en la máquina, lo que ya es un factor de precisión, enfoque, técnica y táctica. Sí, como en el boxeo, dar y no ser dado. 

Sumado a esto, en el sistema deportivo, son escasos los árbitros con esa preparación. Un padre certificado era el que llevaba el arbitraje; cuando tenía que competir con su hija o su hijo, daba directrices desde la esquina. ¿Te suena familiar? 

Fueron interminables las luchas que tuve, por lo que a nivel nacional era efusiva, agresiva y peleona. No podía contar con mi familia, porque las reglas eran muy complejas de entender lo mismo les ocurría a los periodistas no especializados en la esgrima.

A esto se suma que salí junto con otros compañeros de una escuela especializada que buscaba visibilidad ante la meta que teníamos de hacer una selección. Es el momento en el que la competencia estaba en su pico. Un club que entrenaba en Salinas y sus integrantes llegaban a “la metro” a quitar posiciones. Esto es una práctica común en el deporte. 

Disfruté de los rankings nacionales. Hasta entonces estábamos bien. ¿Qué pasaba cuando una de las personas con años en la selección caía ante los novatos? ¿Qué ocurría si una junta o un comité te visitaba para una evaluación con fines de ser receptora de un apoyo económico? 

Hubo momentos en los que se aplicaban criterios con un sistema de números a definir en viajes internacionales donde se otorgaban valores a las competencias por asistir, a los combates ganados en la ronda preliminar, a las rondas superadas y a las medallas obtenidas. Otras veces, las reuniones con los evaluadores se discutían con medias verdades. Años más tarde llegaron las confesiones de uno de los evaluadores junto con una petición de perdón, porque ese pinchazo se queda grabado en el corazón hasta que uno logra sanar. 

No solo los números cuentan. Estoy muy consciente de eso. 

Otros elementos de juicio —que son subjetivos— y se toman en consideración son la actitud, la estrategia para la competencia, el interés del atleta, la dedicación y el tiempo en los entrenamientos, la disponibilidad de cuánto eres capaz de sacrificar, salud física, espiritual y emocional. Una escala Likert podría funcionar para hacer un proceso objetivo. 

Los ejemplos que menciono los relato desde mi perspectiva. No los viví sola; tuve un entrenador que me adoptó en su familia en mi ciclo olímpico, en el que tomé decisiones arriesgadas por buscar una vez la clasificación olímpica. Tengo una psicóloga que, si le brindo el permiso para que cuente mi proceso mental, podrá exponer lo que describo como agotamiento, frustración, desilusión y coraje. No, porque no se ha cumplido con cada una de las exigencias; es que el proceso me consumió física, emocional y económicamente. 

Una vez no logré mi segundo intento olímpico en el 2008, le dije a mi entrenador: “No voy más. Mira mi cuerpo, mi mente no da para más y el sistema está corrompido”. El abrazo que me dio mi entrenador trató de sanar mi frustración, trató de secar mis lágrimas y puso en mí la medalla que no se da en el podio: la del intento. 

Me dieron el espacio para que repensara mi decisión de retirarme definitivamente de la competición, porque “me necesitaban para Mayagüez 2010”. Cuando en una reunión me consultaron sobre mis resultados y las de mis compañeras, y las necesidades que tenían que cubrirnos — sueldo, alojamiento en Europa con los viajes pagos a las competencias, equipo para entrenar, entre otras cosas — el gagueo y los peros andaban en competencia. Fue el momento en que elegí coger mi cartera roja, despedirme a mi manera   — peculiar, cruda, sin filtro, como era yo entonces — y retirarme tal como lo había planeado con mi psicóloga: en la victoria. 

Luego de este suceso, mi federación entró en conflictos interminables. Me buscaron para ser intermediaria en los procesos, pero no había espacio para escuchar. Trataron de que usara mi profesión y mis vínculos con los medios para difundir una sola versión de los hechos. Me negué, porque aquello, en el fondo, era poner mi carrera en riesgo.  

En otro intento no muy lejano, me acerqué a los directivos para que pudieran montar un sistema de clasificación con las nuevas modalidades de confección de selecciones a través de llegadas de talentos, reclutamientos y búsqueda de deportistas en los Estados Unidos. Por favor, no romanticemos el proceso. Las tres vías ocurren, limitando los espacios para los de aquí. El momento en que lo hice era campaña electoral, por lo que me vieron como posible candidata a un puesto, meta que había descartado por completo desde mi paso como mediadora en Mayagüez 2010. 

Escribo esto justo cuando el senador Eliezer Molina ha pedido al Senado que investigue los procesos, reglamentos y criterios que emplean el Comité Olímpico de Puerto Rico y las federaciones para seleccionar a quienes nos representan. El problema, por lo que yo viví, no es que no existan criterios —los hay—. El problema son los matices grises: esos casos particulares que no encajan limpiamente en el reglamento y que, sin un protocolo claro para entenderlos, quedan a discreción de quien esté sentado en la mesa ese día. 

Mi historia no busca señalar culpables ni abrir heridas que ya cerré con mi psicóloga y con el tiempo. Busca dejar un mapa. Si un atleta de las próximas generaciones lee esto y reconoce el pinchazo en el corazón antes de que se convierta en una herida de veinte años, ya valió la pena escribirlo. 

Al Comité Olímpico de Puerto Rico, a las federaciones y a esta investigación legislativa les dejo la misma invitación que les hice a varios miembros de la federación a la que pertenecí: siéntense con los atletas, no para los atletas. Un criterio que no contempla sus propias zonas grises no es incompleto por accidente: hay que sentarse a definir, entre todos, qué pasa cuando la regla no alcanza para explicar el caso real. Y un país que quiere ver a sus atletas en el podio tiene que empezar por dejarlos sentarse en esa mesa. 

Esa es la única medalla que de verdad nos falta ganar entre todos: la de la confianza.  

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