
Junto a mis colegas, doctor José R. Rivera González y el profesor Ángel L. Rivera Torres de la Escuela de Educación General fui panelista del coloquio Mundial FIFA 2026: Poder, ética y la transformación tecnológica del fútbol.
A continuación, les comparto mi ponencia.

Buenos días. Antes de empezar, una aclaración sobre esta camisa. Es la de México. No la traigo para tomar partido, sino porque resume la pregunta de esta mañana.
México inauguró este Mundial en el Estadio Azteca y ganó 2-0 a Sudáfrica. Veinticuatro días después, en el mismo estadio, cayó 3-2 ante Inglaterra en octavos. Una camiseta es identidad, es mercancía y es relato. Y quien la lleva, sea aficionado, periodista o profesora, también dice desde dónde mira. Hoy les propongo mirar el Mundial así: preguntando quién lo cuenta y desde dónde.

Dos escenas. 11 de junio de 2026. En Estados Unidos, el país que acogió la mayor parte del torneo, más personas vieron el partido inaugural en español que en inglés. Miren la pantalla: esa es la cifra revisada, no la que circuló primero. Volveré sobre eso.
Cinco días antes, en el aeropuerto de Miami, un árbitro somalí fue rechazado en la frontera. Iba a ser el primero de su país en dirigir en un Mundial. No llegó a pisar una cancha.
El idioma que llena una pantalla y la frontera que cierra una puerta. Esas dos escenas son mi argumento.
La pregunta

Quiero dejar en la mesa una pregunta poco habitual en el periodismo deportivo: ¿quién tiene el poder de contar el Mundial?
Mi tesis es esta. El Mundial de 2026 no solo cruzó tres países. Cruzó fronteras políticas, lingüísticas y mediáticas. Y obligó al periodismo a cubrir, a la vez, un espectáculo y las tensiones entre sus propios anfitriones.
Este panel habla de poder, ética y transformación tecnológica. Los tres están en esta historia. El poder decide quién entra. La ética decide cómo lo contamos. Y la tecnología, el streaming y la forma de medir audiencias, deciden qué cifras llegan a los titulares.
Un torneo, tres relatos

Empiezo por el reparto. Miren el gráfico: 104 partidos, pero Estados Unidos acogió 78; México y Canadá, 13 cada uno. Desde el reparto de sedes, el torneo tuvo un centro y dos periferias.
La candidatura conjunta ganó en 2018 con el lema «Unidos como uno». Ocho años después, el contexto era otro. El presidente Donald Trump había sugerido que Canadá fuera el estado 51 y había amenazado con acciones militares contra los cárteles en México. El Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos recogió en junio que canadienses y mexicanos veían a su vecino, a la vez, como principal aliado y principal amenaza.
Tres países, tres relatos

¿Cómo lo contó cada país? Un equipo de la Universidad de Aarhus, en Dinamarca, revisó la cobertura de medios mexicanos y canadienses en las diez semanas previas. Es un ensayo breve, no un estudio extenso, pero ordena el panorama.
En México encontraron muchas piezas, breves y con pocas fuentes; orgullo de anfitrión, memoria de 1970 y 1986, y críticas por obras, retrasos y seguridad. En Canadá, menos piezas, más largas y más políticas que deportivas. La presencia de agentes de inmigración estadounidenses en ciudades canadienses se trató como un asunto de soberanía.
El hallazgo común: los dos países construyeron un relato de «nosotros frente a ellos». Y «ellos» eran Estados Unidos.
La mirada externa también tuvo su sesgo. The Economist y The Wall Street Journal ligaron el Mundial al poder de los cárteles en México. El director de Mexico News Daily les reprochó no aplicar el mismo enfoque a las sedes estadounidenses o canadienses. La pregunta vale para cualquier redacción: ¿qué país se cubre desde la seguridad y cuál desde el espectáculo?
La frontera como noticia

Una entrada o una acreditación de prensa no es una visa. La excepción para el Mundial cubría a atletas, entrenadores y personal de las selecciones. No cubría a aficionados ni a periodistas.
Miren la pantalla. Cuatro selecciones clasificadas estaban sujetas a restricciones de viaje. La pausa de visas de inmigrante alcanzaba a 75 países, entre ellos al menos 12 clasificados. Una precisión importante: esa pausa no tocaba las visas de turista. Su efecto fue, sobre todo, disuasorio.
El día de la inauguración, la Federación Internacional de Periodistas alertó, citando a la Asociación Internacional de la Prensa Deportiva, que reporteros de África y de Irán recibían negativas o visas de una sola entrada. En un torneo de tres países, eso significa no poder seguir a tu selección si cruza la frontera. Ese mismo día, la periodista brasileña Karine Alves, de TV Globo, denunció trato discriminatorio en el control migratorio.

Y el caso que abrió esta charla. Omar Abdulkadir Artan llegó a Miami el 6 de junio, con visa. La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza lo declaró inadmisible por «preocupaciones de verificación». La FIFA dijo que no interviene en los procesos migratorios de los anfitriones. Días después, un funcionario estadounidense alegó vínculos con presuntos miembros de organizaciones terroristas. No presentó pruebas. Artan lo negó. El 10 de junio volvió a Mogadiscio, recibido como un héroe.
¿Es una historia deportiva, migratoria o diplomática? Las tres. La cobertura que vio solo una la contó incompleta. Y hay una lección de método: la acusación más grave llegó por una fuente oficial anónima y nunca se documentó en público. El periodista tiene que decirlo así, en el mismo párrafo.
El estadio como territorio

El Mundial llegó a Los Ángeles un año después de las redadas migratorias que desataron protestas. Los trabajadores del estadio, representados por el sindicato Unite Here Local 11, amenazaron con una huelga y exigieron garantías frente al ICE, la agencia de inmigración.
El 1 de junio, el sheriff del condado, Robert Luna, dijo que funcionarios federales le habían asegurado que no habría control migratorio civil en los partidos. Sí habría agentes federales para la seguridad.
Fíjense en la precisión. No fue un anuncio federal: fue lo que un sheriff dijo que le dijeron. Y el ICE no se ausentó: cambió de función. Contarlo con exactitud es la diferencia entre informar y tranquilizar.
Por eso propongo que el periodista deportivo se haga otras preguntas, además de las de siempre. Quién puede entrar al estadio. Quién puede cubrirlo. Quién vive alrededor. Y qué historias no caben en la transmisión.
Hablar español

Ahora, la lengua. Miren la pantalla. En la fase de grupos, Telemundo y Peacock captaron el 48 % de la audiencia combinada del Mundial en Estados Unidos, según el cálculo de NBCUniversal. Los hispanos son alrededor del 20 % de la población.
No fue solo un fenómeno hispano. Según datos de Nielsen citados por NPR, uno de cada cinco espectadores de Telemundo tenía el inglés como lengua principal. La agencia AP entrevistó a angloparlantes que elegían el español aunque no entendieran a los narradores: por la emoción, por el grito de gol, por la ausencia de anuncios durante el juego.
Aquí está la contradicción central. El español, que en el debate público estadounidense suele asociarse con la inmigración y la frontera, fue uno de los grandes vehículos comerciales y culturales del torneo. La misma lengua que despierta sospecha en un control migratorio llenó las pantallas del país anfitrión.
Desde Puerto Rico, la discusión tiene otro matiz. Aquí el español es la lengua de ciudadanos estadounidenses. Para nosotros, la pregunta de si el español es extranjero en Estados Unidos nunca ha sido abstracta.
La transformación tecnológica

Y aquí entra la tecnología. En Catar, el streaming fue el 30 % de la audiencia de Telemundo. En 2026, casi la mitad. Al final, seis de cada diez espectadores en español la vieron por streaming.
Ese cambio tiene una consecuencia para el periodismo: la cifra ya no la produce un solo medidor. Telemundo combina Nielsen para la televisión con Adobe Analytics, una herramienta que contrata la propia empresa, para el streaming. Fox lo mide todo con Nielsen. Comparar cadenas es comparar métodos.
Las cifras también se verifican

El 15 de junio, Telemundo anunció 13,4 millones de espectadores para el partido inaugural. El 22 de junio, tras una revisión de Nielsen, la cifra quedó en 10,1 millones. La corrección alcanzó todos los partidos del 11 al 15 de junio, con recortes de entre el 25 % y el 29 %. Estados Unidos–Paraguay pasó de 9,5 a 7 millones. No se dio una explicación pública.
Para entonces, los titulares de la primera semana ya habían circulado. Un dato correcto el 15 de junio era incorrecto el 23.

La final ofrece el último ejemplo. ¿Cuántas personas la vieron en Estados Unidos? Miren la pantalla: 49, 62,8 o 66,4 millones, según a quién se lea. Las tres cifras circulan en medios serios. La diferencia está en qué se mide: solo Nielsen o también el streaming de Telemundo; la cifra oficial de Fox o la que difundió la cadena.
La lección es simple: fecha, fuente y método. Toda cifra lleva las tres. Y el 48 % del que hablé es un cálculo de la empresa; se atribuye como tal.
Después del último partido

Una buena cobertura no termina con la final. En julio, la Alianza Deporte y Derechos, de la que forma parte Amnistía Internacional, hizo balance. Football Supporters Europe observó que las gradas diversas estaban formadas casi por completo por diásporas locales o personas con doble nacionalidad que no necesitaban visa. La diversidad de la grada ocultaba la exclusión.
La alianza preguntó a la FIFA cuántos aficionados y periodistas obtuvieron visas prioritarias con el programa FIFA PASS. Al cierre de ese informe, la FIFA no había respondido.
¿Y Artan? En agosto dirigió la Supercopa de la UEFA. La frontera que lo dejó fuera de un Mundial no le impidió arbitrar en Europa.

Durante décadas, el fútbol se ha presentado como un lenguaje universal. Este Mundial nos recordó que ese lenguaje tiene acentos, fronteras y relaciones de poder.
Contar un partido no es solo describir lo que ocurre dentro de las cuatro líneas. Es preguntar quién pudo llegar, quién no pudo entrar, quién fue escuchado y quién tuvo el poder de construir el relato. El Mundial terminó.
Una asignatura pendiente. La historia periodística apenas comienza.
Puerto Rico ya hizo historia antes de jugar un solo minuto en el Mundial: la Sub-17 femenina se convirtió en la primera selección puertorriqueña, masculina o femenina y de cualquier categoría, en clasificar a una Copa Mundial de la FIFA. Ahora el próximo capítulo comienza el 17 de octubre en Marruecos.
Estudien el Mundial Femenino U17 como el Mundial masculino 2026.




































