
Atleta de nacimiento, olímpica de corazón
Nací en Ponce, pero mis raíces están profundamente sembradas en el barrio Playa de Guayanilla. Crecí entre el calor de la familia, el amor por el deporte y el orgullo de una comunidad que siempre ha sido parte de mi identidad. Salinas fue el escenario donde comenzó a tomar forma mi sueño deportivo, y el área metropolitana se convirtió en el terreno donde aprendí a luchar por cada meta.
Mi primera escuela deportiva fue el patio de mi casa. Allí, entre familiares apasionados por el béisbol, descubrí la emoción de competir. Más adelante, en la entonces Escuela Técnico Deportiva del Albergue Olímpico de Salinas, tuve mi primer acercamiento real al sueño de representar a Puerto Rico. Fueron años marcados por la visión de don Germán Rieckehoff Sampayo y por una cultura deportiva que me enseñó a pensar en grande.
La vida me llevó a Santurce para estudiar en la Universidad del Sagrado Corazón mientras continuaba persiguiendo mis metas como esgrimista. Fue allí donde nació mi segundo gran amor: el periodismo deportivo. Desde entonces, el deporte y la comunicación han recorrido juntos cada etapa de mi vida.
Mi desarrollo como atleta continuó en la Escuela de los Deportes Germán Rieckehoff Sampayo, en Carolina, y posteriormente en las instalaciones de la Federación de Esgrima de Puerto Rico en San Juan. Fueron años intensos de entrenamiento, disciplina y sacrificio que me permitieron competir al más alto nivel.
Representar a Puerto Rico fue siempre el mayor privilegio. Participé en tres Juegos Centroamericanos y del Caribe, dos Juegos Panamericanos y numerosos campeonatos internacionales. Entre mis logros atesoro medallas en eventos regionales, títulos nacionales y experiencias competitivas que me llevaron a entrenar en más de treinta destinos alrededor del mundo.
Como muchos atletas, perseguí el sueño olímpico. Estuve cerca en dos ocasiones, durante los procesos clasificatorios hacia Atenas 2004 y Beijing 2008. No conseguí el boleto. En aquel momento lo vi como una derrota. Con el tiempo entendí que la vida estaba preparando otro camino para mí.

Educarnos es parte del combate
Mi retiro deportivo abrió una nueva etapa de crecimiento académico. Completé una maestría en Medios y Cultura Contemporánea en la Universidad del Sagrado Corazón, donde desarrollé una investigación sobre el impacto emocional de la cobertura mediática deportiva en los atletas. Añadí a mi currículo mi doctorado en Gerencia de Proyectos con una tesis con el tema: Análisis de la influencia de las noticias online de prensa deportiva puertorriqueña como generadoras de ansiedad en atletas de alto rendimiento candidatos a los Juegos Olímpicos de Tokio 2020: [Caso de estudio: El Nuevo Día, Primera Hora y El Vocero].
Sin embargo, mi vínculo con el Movimiento Olímpico nunca terminó. Primero fui atleta. Luego, voluntaria, oficial de prensa y comunicadora. Desde distintos roles seguí sirviendo al deporte puertorriqueño.

Mi camino olímpico
Uno de los momentos más memorables de mi carrera ocurrió durante los Juegos Olímpicos de Río 2016. Como oficial de prensa de la delegación puertorriqueña del Comité Olímpico de Puerto Rico, tuve el privilegio de vivir desde adentro una de las páginas más trascendentales de nuestra historia deportiva: la conquista de la primera medalla de oro olímpica de Puerto Rico por la tenista Mónica Puig. Aquella celebración confirmó algo que ya intuía: los sueños pueden cumplirse de maneras que jamás imaginamos.

Las medallas y contar historia
Cinco años más tarde, volví a presenciar la historia olímpica de Puerto Rico desde Tokio 2020, unos Juegos Olímpicos celebrados en 2021 a causa de la pandemia del COVID-19. Allí presencié otra página histórica para el deporte puertorriqueño: la medalla de oro de Jasmine Camacho-Quinn, segunda mujer puertorriqueña en conquistar una presea olímpica dorada. También se convirtió en la primera medallista olímpica del atletismo puertorriqueño en los 100 metros con vallas. Un día antes, en semifinales, estableció una marca olímpica que permanece en los libros de historia. La flor de maga se convirtió en símbolo de aquella hazaña y floreció en los corazones de los puertorriqueños, proyectándose incluso más allá de nuestras fronteras.

Una experiencia gratificante y una pausa necesaria
En 2024, en la ciudad de París, tuve el honor de regresar a unos Juegos Olímpicos como oficial de prensa de Puerto Rico. En esta ocasión tuve la oportunidad de narrar dos momentos históricos: la segunda medalla olímpica de Jasmine Camacho-Quinn, convirtiéndose en la primera atleta puertorriqueña, sin distinción de género, en alcanzar dos preseas olímpicas; y la medalla del luchador Sebastián Rivera en la categoría de 65 kilogramos.
En octubre de 2024 cerré una etapa profesional que viví con pasión, entrega y profundo orgullo por nuestros atletas. Fueron años de servicio informativo al deporte puertorriqueño, acompañando triunfos, derrotas y procesos que trascendieron la competencia. ¿La razón? Sentía que era momento de mirar el periodismo desde otra perspectiva. Mi convicción sigue intacta: informar desde la profundidad, nunca desde la superficialidad.
La atleta no logró clasificar a unos Juegos Olímpicos. La periodista sí. Y esa experiencia me enseñó que los sueños no siempre se cumplen de la forma en que los imaginamos, pero pueden hacerse realidad de maneras mucho más significativas.
Por eso digo que soy olímpica de corazón.
El deporte me enseñó a competir, a perder y a volver a empezar. El periodismo me dio la oportunidad de contar las historias detrás de cada medalla, cada derrota y cada sacrificio invisible. Entre un florete y una libreta de apuntes descubrí mi propósito.