El legado de un director atlético

La vida nos trae enseñanzas usando la muerte. Nos regala el verdadero significado del agradecimiento. Los recuerdos de lo que un día nos pareció inolvidables, en el presente lo convertimos en un legado.

La familia deportiva universitaria y del voleibol en Puerto Rico perdió un amigo. Su nombre, Ariel Ortiz.  

Salió del juego en un momento difícil, ya que la pandemia del virus COVID-19 (coronavirus) nos privó de un último adiós con guardia de honor, un abrazo de consuelo a sus familiares, reír recordando anécdotas y una última mirada de agradecimiento.

En el “tiempo del coronavirus”, las redes sociales han brindado ese espacio de homenaje póstumo a quien muchos coincidimos con representaciones de “hombre de carácter”, “hombre apasionado”, “líder controversial”.

Yo fui de las afortunas que estreché una relación profesional de calidad. Dediqué el tiempo para conocer a ese “hombre grandote” que hablaba “duro”. Intimidaba para bien, porque detrás de ese carácter firme había un ser humano emprendedor, lleno de dedicación para educar y demasiado apasionado para defender lo que pocos ven productivo: el deporte universitario.

Me consuela que dejó semillas sembradas. El fruto se ha visto con cientos de mensajes y de acciones por cada una de las personas que desearon que su relación trascendiera más allá de la competencia deportiva.

Ariel, con tu partida terrenal dejaste el valor y el significado de la vocación de un director atlético de la Liga Atlética Interuniversitaria y de un obrero del voleibol nacional.

Vete tranquilo a silbar, dirigir y liderar en tu cancha celestial. Nos consuela tu familia, que seguirán su paso firme en esta vida.  

¡Descansa en paz!

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