Me invade la nostalgia a un mes de dar este discurso en el desayuno de benefactores y estudiantes becados en la conmemoración de los 30 años de Beca FEE, y a solo horas de la celebración de la octagésima sexta colación de grados de la Universidad del Sagrado Corazón.
Viernes, 9 de mayo de 2025
Buenos días.
Primero que todo, mi agradecimiento a la Oficina de Desarrollo y Relaciones Universitarias y la Oficina de Exalumnos por otorgar el privilegio de estar entre ustedes esta mañana.
Fue una invitación que recibí en el inicio del recién concluido Festival Deportivo de la Liga Atlética Interuniversitaria en Mayagüez. Donde, ustedes, delfines y delfinas ganaron por quinta ocasión consecutiva la Copa Comisionado y en medio de la celebración de los 145 años de este gran proyecto social llamado Universidad del Sagrado Corazón.

¡Felicidades!
Recuerdo el momento en el que me llegó la notificación del correo electrónico. Me asusté. ¡Miré bien el título! Lo volví a releer.
Sí, estaba nerviosa. Me había dejado sin palabras la invitación.
¿Saben por qué? Estar entre ustedes y entre sus donantes es una gran responsabilidad. En silencio, pasé revista de lo que había sido mi llegada a Sagrado, y el por qué sigo en Sagrado. Y, les contaré.
Hace 27 años llegué por el portón principal de la Universidad con mis padres. Habíamos hecho un viaje desde nuestro hogar, en el barrio Playa, Guayanilla, llenos de ilusiones, porque la “nena” quería estudiar algo que fuera con escribir, y a la misma vez llegar a unos Juegos Olímpicos.
Ya sabíamos que no iba a tener beca deportiva, porque mi deporte, la esgrima, no estaba en la oferta del departamento atlético. Los horarios de entrenamiento de la selección nacional me impedían hacer otro deporte.
Aun así, mi papá – muy exigente con la disciplina y las buenas notas – entendía que me podían dar una beca de honor, y lo demás “si había que hacer préstamos o ventas de pasteles se hacía, porque el sacrificio es parte de la vida”. Los costos aumentaban, teniendo a otro hijo universitario y militar.

En ese momento, 1998, no existían las ayudas económicas que hoy leemos en la prensa para los atletas de alto rendimiento.
Tenía que vivir en un hospedaje, tener carro, cubrir los gastos de libros y alimentación, adicionales a los que ya tenía como atleta de alto rendimiento desde mi desarrollo deportivo en la Escuela Especializada en Deportes Eugenio Guerra Cruz en el Albergue Olímpico. En ese momento, 1998, no existían las ayudas económicas que hoy leemos en la prensa para los atletas de alto rendimiento. Era todo financiado por mis padres.
Mi mamá, fue la que se fijó en la entrada de Sagrado. Hizo que mi papá parara el carro y leyó: “A quien me de sabiduría, daré gloria”, Eclesiástico 51:17. Su corazón habló en voz alta, y exclamó: “Dios tiene un propósito y aquí lo encontraremos”.
Fue así como llegué a la oficina de admisiones. Me recibieron con mucho cariño, respeto y diligencia.
Entregué todos mis papeles. Un ensayo de por qué quería estudiar en Sagrado. Vieron mi currículo académico y deportivo. Jamás olvidaré el nombre de mi consejera, Lilliam Agosto. Buscó entre las alternativas de los fondos de beca y encontró la ideal.

La parte más importante había llegado. Pasar la entrevista con la persona que hoy le soy eterna agradecida, porque con amor me hizo muchísimas preguntas desde las metas por cumplir y mi relación con Dios. Me acogió desde ese día para ser estudiante becada. Su nombre es Madre Socorro Juliá. Fundadora de la beca Fondo de Estudiantes Excepcionales, mejor conocida como Beca FEE.
Su voz y su liderazgo me llenaron de inspiración. Sabía que podía cumplir mi palabra de tener 15 créditos o más con promedio de 3.50 para terminar en cuatro años, ya que el calendario estaba listo para poder buscar la clasificación olímpica en lo que fue Atenas 2004.
Las presiones fueron muchas. Pero, como buena esgrimista le hice frente a todo. Lo que veía imposible, lo convertía en posible.
El estrés me consumió. Me dormía haciendo las tareas. Llegaba corriendo a las clases en ropa deportiva, unas veces sudada y otras ocasiones lista para salir al entrenamiento.




Me dolía cuando sacaba 88 o 90, cuando estudiaba para sacar 200% a los profesores de periodismo. Ellos me retaban. Sabían que lo que yo buscaba era convertirme en periodista deportivo. Sabían que yo era competitiva, no aceptaba la derrota. Empataba o ganaba en las clases.
Me llevaban hasta el extremo, y todos los días bendigo cada una de sus acciones, porque sacaron lo mejor de mí para hoy estar creando historias para mis pares: los estudiantes- atletas en la LAI y hasta octubre de nuestros atletas olímpicos.
Nunca cedí el espacio al cansancio, ni al compromiso con la facultad, porque sabía que necesitaba de ellos cuando tenía que salir de viaje a mitad de semestre para competir por Puerto Rico o tenía que irme tres semanas antes del fin de curso, porque iniciaba la gira por Europa para buscar la clasificación a los Juegos Olímpicos. No llegaba tarde y odiaba faltar.
Siempre comprendí que el compromiso y la lealtad a las metas, era lo que me llevaría a vivir en el límite y sobrepasarlos. No solo estudié bachillerato. Estudié maestría, abriendo las puertas para impartir mi primer curso en la escuela, de periodismo deportivo en el 2010.

Ahí encontré otra pasión, la academia. Estudiantes como ustedes me inspiraron a obtener otro título, el de doctora. Qué logré terminar trabajando en tres lugares y con el apoyo de muchas personas que me abrieron las puertas en Sagrado, el 2 de julio del año pasado, con esta ropa especial.
Di lo mejor con sudor, lágrimas, sonrisas y oraciones. Me sentí satisfecha en cada una de mis graduaciones.
Hoy no te pido que seas como yo, sino que me superes. Reflexiona en la confianza que te han brindado tus donantes, para convertirte en un profesional de bien, integridad e innovador para nuestra sociedad. Ustedes son los nuevos entes de cambio para mi patria, para mi isla.
Ustedes donantes, sigan aportando a nuestra juventud. Ellos, ahora, más que nunca, necesitan que inviertan en ellos. Yo le puedo dar fe, que harán de sus vidas un símbolo de esperanza y renacer en nuestra tierra.
Confío en esa persona que me dio la sabiduría y le doy gloria, Dios, en que ustedes serán mi ejemplo para seguir.
¡Muchas gracias!
